El descubrimiento del neurofeedback y como llegó a ser lo que es hoy.
A lo largo del siguiente artículo científico, exploraremos a través de un recorrido histórico los avances en neurociencia y lo que conocemos a día de hoy sobre el neurofeedback, así como los beneficios que nos ha regalado a lo largo de los últimos años, de la mano de la tecnología, la ciencia y la salud.
¿Fue el neurofeedback también un descubrimiento inesperado?
El neurofeedback es una técnica de entrenamiento cerebral que permite aprender a regular la actividad de las ondas cerebrales en tiempo real. Lo que hace unas décadas parecía ciencia ficción, hoy es una herramienta con aplicaciones clínicas, deportivas, educativas y corporativas. A través de sensores no invasivos, software especializado y retroalimentación inmediata, el usuario puede “ver” cómo trabaja su cerebro y aprender a modificarlo para mejorar su rendimiento cognitivo, su equilibrio emocional o su capacidad de concentración.
El neurofeedback como tantos otros grandes eventos de la historia se descubrió de forma secundaria a otro proyecto principal.
La historia moderna del neurofeedback comenzó en los años 50, gracias a un joven investigador llamado Joe Kamiya, en la Universidad de Chicago. Kamiya trabajaba cerca del laboratorio de sueño de Nathaniel Kleitman, pionero en el estudio del ciclo sueño-vigilia. Observando las oscilaciones del EEG en sujetos despiertos con los ojos cerrados, se preguntó si sería posible que una persona aprendiera a discriminar, cuando estaban generando ondas alpha (8-12 Hz) asociadas a la relajación y calma.
Su método inicial fue sencillo pero ingenioso: el sujeto, con los ojos cerrados en una sala oscura, escuchaba un timbre (“ding”) que sonaba aleatoriamente cuando Kamiya detectaba actividad alpha o su ausencia en el registro. La tarea consistía en que la persona adivinara en qué estado cerebral estaba. La retroalimentación inmediata de acierto o error permitió que, en pocas sesiones, la mayoría aprendiera a distinguir ambos estados.
El hallazgo inesperado llegó cuando algunos participantes no solo podían reconocer el estado alpha, sino generarlo voluntariamente.
Uno de ellos, tras encadenar más de 200 aciertos, confesó que había “forzado” un error porque pensaba que Kamiya estaba bromeando. Con entrenamiento adicional, era capaz de producir alpha de forma sostenida durante minutos o incluso horas.
En 1956, Kamiya dio el siguiente paso: usar un feedback auditivo continuo para indicar la presencia de alpha, y pedir al sujeto que aumentara o disminuyera su duración según la fase del experimento. Descubrió que, incluso sin entrenamiento previo en discriminación, la mayoría lograba cierto control voluntario de su actividad cerebral.
Paralelamente, en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), el investigador Barry Sterman entrenaba a gatos para que aumentaran un tipo específico de onda cerebral llamada ritmo sensoriomotor (SMR), que oscila entre 12 y 15 hercios. Este ritmo está relacionado con un estado de calma física pero atención mental, algo así como estar relajado pero listo para reaccionar si es necesario.
Durante sus experimentos, ocurrió un hecho sorprendente: estos gatos, que habían practicado con neurofeedback para aumentar su SMR, resistían mucho mejor las convulsiones provocadas por ciertas sustancias tóxicas. En otras palabras, su cerebro parecía más estable y protegido frente a ese tipo de ataque.
Este descubrimiento, que empezó casi como una casualidad, llevó a Sterman a probar el mismo tipo de entrenamiento en personas con epilepsia. Los resultados fueron prometedores: muchos pacientes lograron reducir significativamente la frecuencia de sus crisis, mostrando que entrenar ondas cerebrales podía tener un impacto real en problemas neurológicos graves.
Otros pioneros, como Elmer y Alyce Green en la Clínica Mayo, exploraron el control voluntario de funciones fisiológicas —desde la temperatura periférica hasta la tensión muscular— integrando el EEG en un enfoque más amplio.
Estos primeros equipos de neurofeedback no mostraban las grabaciones de las ondas cerebrales en una pantalla si no que imprimían un papel plegado de manera continua con los trazos. Foto: Howard Rheingold, Reed College, Portland, Oregon), 1968.
Apenas habían pasado poco más de una década desde los primeros experimentos , cuando el interés por el neurofeedback y el biofeedback creció hasta el punto de convocar, en 1969, la primera reunión de la Biofeedback Research Society en Santa Mónica, California. No era un evento menor: por primera vez, investigadores de distintos rincones de Estados Unidos y Europa se reunían para compartir hallazgos sobre cómo el ser humano podía aprender a controlar voluntariamente funciones cerebrales y fisiológicas que antes se consideraban completamente automáticas.
El ambiente científico de finales de los años 60 era especialmente propicio para este tipo de encuentro. La década había estado marcada por avances en neurociencia, el auge de la psicología humanista y un creciente interés por estados de conciencia modificados, influenciado tanto por la investigación académica como por la contracultura. Había una sensación colectiva de que estábamos ante una nueva frontera del conocimiento: la posibilidad de entrenar el cerebro como se entrena un músculo.
El intercambio de ideas en aquel encuentro de 1969 en la Biofeedback Research Society fue el catalizador que impulsó la expansión del neurofeedback mucho más allá de su aplicación clínica inicial. En apenas unos años, lo que había comenzado como una curiosidad experimental en laboratorios universitarios se diversificó en múltiples direcciones:
- Psicología clínica: para tratar ansiedad, depresión, insomnio o TDAH.
- Rehabilitación neurológica: ayudando a la recuperación tras lesiones cerebrales y a la mejora de funciones motoras y cognitivas.
- Deporte de élite: optimizando el control atencional, la velocidad de reacción y la respuesta al estrés en atletas olímpicos y competidores internacionales.
- Corporaciones: como herramienta de entrenamiento para ejecutivos que buscan mejorar la toma de decisiones, la resiliencia y la creatividad en entornos de alta presión.
Este crecimiento fue tan rápido que, en menos de una década, el neurofeedback ya se había convertido en un campo interdisciplinar con proyección internacional, encontrando aplicaciones que abarcaban desde la medicina hasta el alto rendimiento.
Los primeros dispositivos de Neurofeedback ocupaban habitaciones completas repletas de cables.

Un caso especialmente emblemático fue el de la NASA, que incorporó el neurofeedback en sus programas de entrenamiento para astronautas. La agencia buscaba herramientas que ayudaran a regular el estrés, mantener la concentración y optimizar el rendimiento en misiones críticas, donde un error mínimo podía tener consecuencias irreversibles. En entornos como el despegue, el acoplamiento en órbita o la resolución de emergencias técnicas, la capacidad de mantener la calma y ejecutar tareas con precisión era vital. Los protocolos de neurofeedback permitían entrenar a los astronautas para autorregular sus ondas cerebrales, favoreciendo estados de alta concentración combinados con control emocional, algo muy parecido a lo que un atleta de élite necesita en el momento decisivo de una competición… pero con la diferencia de que, en este caso, el escenario era el espacio exterior.
En Alemania, el neurofeedback se incorporó en programas educativos oficiales para mejorar la atención de niños con TDAH, mientras que en Suiza, Canadá o Japón su uso se normalizó en hospitales, clínicas y centros de alto rendimiento. Este respaldo institucional vino acompañado de avales científicos importantes: la Academia Americana de Pediatría (AAP) lo colocó al mismo nivel de evidencia que intervenciones conductuales de referencia para el TDAH, y la Academia Americana de Psiquiatría Infantil y Adolescente reconoció su eficacia y seguridad en determinadas indicaciones clínicas.
En Europa, asociaciones profesionales se encargan de regular la formación y certificación en neurofeedback, estableciendo estándares de calidad y ética que garantizan su correcta aplicación. Esto ha favorecido un ecosistema donde la técnica no solo se emplea con fines terapéuticos, sino también para optimización mental en líderes, creativos y deportistas.
La revolución tecnológica del neurofeedback no solo ha traído nuevas herramientas, sino que ha derribado creencias científicas que dominaron durante décadas.
Hasta hace relativamente poco, la neurociencia afirmaba que el cerebro adulto no podía generar nuevas neuronas, que sus conexiones eran estáticas y que las funciones perdidas tras una lesión eran irrecuperables. Hoy sabemos que existen más de 100.000 millones de neuronas, capaces de crear millones de conexiones adaptativas, y que la neuroplasticidad permite reubicar y restaurar funciones. El sistema nervioso es un organismo vivo, dinámico y autorregulador, que puede aprender y optimizarse a lo largo de toda la vida.
El qEEG: Electroencefalografía Cuantitativa
En este avance, el qEEG (quantitative electroencephalography o electroencefalografía cuantitativa) ha sido una pieza clave. A diferencia del EEG tradicional, que muestra únicamente el registro en bruto de la actividad cerebral, el qEEG transforma esos datos en mapas topográficos en 2D o 3D que representan la distribución espacial y la potencia de las diferentes ondas cerebrales. Su gran aportación es la comparación con bases de datos normativas de miles de personas sanas, lo que permite detectar patrones atípicos, identificar desequilibrios entre hemisferios o localizar áreas de hiperactividad o hipoactividad para localizar el origen de las desregulaciones de la persona.
EL sLORETA
La llegada del sLORETA (standardized Low Resolution Brain Electromagnetic Tomography) supuso un salto adicional: esta técnica permite estimar con gran precisión la localización tridimensional de la actividad eléctrica dentro del cerebro, incluso en estructuras profundas. Con ello, el entrenamiento deja de ser “a ciegas” para convertirse en una intervención altamente focalizada e individualizada, donde se puede trabajar sobre regiones específicas relacionadas con funciones cognitivas, emocionales o motoras.
A todo esto se suma el uso de Z-scores, un método estadístico que compara en tiempo real la actividad cerebral del usuario con los valores esperados para su edad en una base de datos normativa. De esta forma, el feedback que recibe no es genérico, sino ajustado a lo que sería un patrón cerebral “óptimo” para su perfil. Esto ha permitido protocolos de entrenamiento mucho más precisos, que corrigen desviaciones en milisegundos y favorecen cambios cerebrales más rápidos y estables.
La historia del Neurofeedback ligada a la tecnología y su contexto actual: evolución al Biofeedback Multimodal
La integración de estas tecnologías con entornos de realidad virtual, videojuegos interactivos y biofeedback multimodal (que combina datos de ondas cerebrales, ritmo cardíaco, respiración y conductancia de la piel) ha hecho que el entrenamiento cerebral sea más inmersivo, motivador y eficaz. Hoy, entrenar funciones cognitivas específicas, regular el estrés o potenciar la creatividad se puede hacer con un nivel de personalización y control que, hace tan solo una generación, parecía ciencia ficción.
En Nevro Solutions, nos mueve la fascinación por el progreso científico con aplicación directa al bienestar de las personas. Por ello, avanzamos al ritmo del progreso del campo integrando siempre las últimas metodologías y desarrollo tecnológico. ¿Alguna vez imaginaste que con un equipo de medición de tus ondas cerebrales totalmente inalámbrico con un diseño digno de muchas películas de ciencia ficción podrías entrenar la actividad de tu amígdala o tu corteza prefrontal, por ejemplo?
Doctora en Neurociencias
Área de Neurociencia e Investigación
Referencias
Collura, T. F. (2020). My place in neurofeedback – The last 50 years. In T. Budzynski, H. Budzynski, J. Evans, & A. Abarbanel (Eds.), Neurofeedback (pp. 77–82). Amsterdam: Elsevier.
Kamiya, J. (1962). Conditioned discriminationof the EEG alpha rythm in human. Western Pyschological Assocation
Kamiya, J. (2020). Some call me the father of clinical neurofeedback. In T. Budzynski, H. Budzynski, J. Evans, & A. Abarbanel (Eds.), Neurofeedback (pp. 1–6). Amsterdam: Elsevier.
NASA. (2020, October 22). Smart glasses focus attention with NASA neurofeedback technology. NASA Technology Transfer Program. Recuperado de https://www.nasa.gov/technology/tech-transfer-spinoffs/smart-glasses-focus-attention-with-nasa-neurofeedback-technology/
Sterman, M. B., & Friar, L. (1972). Suppression of seizures in an epileptic following sensorimotor EEG feedback training. Electroencephalography and Clinical Neurophysiology, 33(1), 89–95.








